Silueta siniestra de un hombre en un callejón neblinoso de París. issei sagawa.

Issei Sagawa: El caníbal japonés que se volvió celebridad

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Imagina invitar a una compañera de estudios a cenar, poner música suave y, en lugar de servir el postre, sacar un rifle para terminar con su vida y luego devorarla. Esta no es la trama de una película de serie B de los años 80, sino la fría realidad de lo que ocurrió en un pequeño apartamento de París en 1981. Issei Sagawa, un estudiante japonés de Literatura Comparada o literatura de vanguardismo en la Universidad de la Sorbona, llevó a cabo uno de los actos de canibalismo más documentados y perturbadores de la historia moderna, transformando una obsesión romántica en un festín macabro que aún hoy revuelve el estómago.

Lo más inquietante no es solo el acto en sí, sino la frialdad con la que Sagawa describió cada bocado años después. Mientras el mundo lo miraba con horror, él parecía disfrutar de su propia infamia, como si hubiera cumplido un destino inevitable.

Su víctima, Renée Hartevelt, nunca imaginó que su amabilidad hacia el solitario estudiante japonés terminaría en una pesadilla de la que no habría retorno, convirtiéndose en el plato principal de una mente profundamente retorcida.

Mesa de comedor sombría en un apartamento oscuro. issei sagawa

La cena más oscura de París

El 11 de junio de 1981, Sagawa invitó a Renée a su casa bajo el pretexto de leer poesía alemana. Mientras ella recitaba, él le disparó por la espalda. Lo que siguió fue un proceso metódico de tres días donde Issei Sagawa no solo desmembró el cuerpo, sino que consumió diversas partes del mismo, llegando a describir el sabor de la carne humana como algo parecido al atún crudo en un restaurante de sushi de alta calidad. El nivel de desapego emocional que mostró durante el proceso es suficiente para congelarle la sangre a cualquiera.

Tras saciar su hambre perversa, intentó deshacerse de los restos en dos maletas abandonadas en el Bois de Boulogne. Sin embargo, su torpeza fue su perdición momentánea; fue visto por transeúntes y la policía no tardó en rastrear las maletas hasta su puerta. Cuando los oficiales entraron, encontraron restos humanos todavía guardados en su refrigerador, una imagen que perseguiría a los investigadores por el resto de sus vidas.

Sagawa no negó nada; de hecho, parecía extrañamente aliviado de que su secreto hubiera salido a la luz.

Refrigerador antiguo en una cocina oscura y tétrica

Locura, leyes y una libertad inexplicable

Aquí es donde la historia pasa de ser un relato de terror a una farsa judicial indignante. Tras ser capturado, los expertos franceses declararon que Sagawa era legalmente demente y, por lo tanto, no apto para ser juzgado. Fue internado en un hospital psiquiátrico, pero su padre, un influyente empresario japonés, logró que fuera extraditado a Japón. Lo que los franceses no previeron fue que, una vez en suelo nipón, los médicos locales declararían que Issei Sagawa estaba perfectamente cuerdo, pero que tenía una ‘anomalía de carácter’.

Debido a un tecnicismo legal y a que los cargos en Francia habían sido retirados tras su declaración de demencia, Sagawa quedó en un limbo jurídico. Sagawa fue liberado en 1984 o 1985, aproximadamente 3-4 años después del crimen.

El sistema falló de una manera tan espectacular que el caníbal no solo evitó la cárcel, sino que se encontró con un país que, extrañamente, estaba fascinado por su figura, convirtiéndolo en una especie de antihéroe bizarro.

Pasillo de hospital psiquiátrico con sombras inquietantes

Un monstruo bajo los reflectores

En lugar de esconderse por la vergüenza, Sagawa abrazó su fama. Se convirtió en un invitado habitual en programas de televisión, escribió más de 20 libros detallando su crimen e incluso trabajó como crítico gastronómico. Sí, leíste bien: un caníbal confeso comentando sobre la calidad de la carne en restaurantes de Tokio. La sociedad japonesa de finales de los 80 y los 90 mostró un morbo sin precedentes, permitiendo que Issei Sagawa capitalizara su atrocidad para vivir una vida de lujos mediáticos.

Incluso llegó a participar en películas para adultos y a dibujar mangas donde recreaba el asesinato de Renée con un detalle gráfico espeluznante. Esta etapa de su vida es quizá la más perturbadora, pues demuestra cómo el horror puede ser empaquetado como entretenimiento si el público tiene suficiente curiosidad malsana.

Sagawa no era un paria; era una celebridad que firmaba autógrafos mientras el mundo recordaba, o intentaba olvidar, que sus manos estaban manchadas de sangre real y su estómago lleno de recuerdos prohibidos.

Estudio de televisión con atmósfera siniestra y luces rojas

El hambre que nunca se extinguió

A pesar de su aparente normalidad como figura pública, los impulsos de Sagawa nunca desaparecieron por completo. En entrevistas posteriores, confesó que el deseo de comer carne humana seguía presente en él, como una adicción que nunca pudo superar. Issei Sagawa admitió que a menudo miraba a las mujeres en la calle y pensaba en qué partes de sus cuerpos serían más sabrosas. Esta revelación mantenía a la población en un estado constante de tensión, preguntándose si el monstruo volvería a atacar en cualquier momento.

Vivía en un pequeño apartamento rodeado de sus propios libros y recuerdos de su crimen, como si su identidad estuviera intrínsecamente ligada a esos pocos días en París. La idea de que un depredador confeso caminara entre la gente común, compartiendo el metro y comprando en el supermercado, es el tipo de terror real que ninguna ficción puede superar.

Su sola presencia era un recordatorio de que, a veces, la justicia no es más que una ilusión y que los monstruos más peligrosos no siempre viven debajo de la cama.

Calle de Tokio de noche con sombras alargadas y atmósfera de terror

El silencio final del depredador

Los últimos años de Sagawa fueron una decadencia lenta y solitaria. Tras sufrir un derrame cerebral, quedó bajo el cuidado de su hermano, viviendo en la oscuridad y el anonimato que finalmente le impuso su mala salud. En noviembre de 2022, Issei Sagawa murió de neumonía a los 73 años. No hubo funeral público, ni homenajes, solo el cierre de un capítulo oscuro que dejó una cicatriz imborrable en la historia criminal internacional y en la memoria de la familia de su víctima, quienes nunca recibieron justicia real.

Su muerte puso fin a una de las existencias más polémicas del siglo XX, pero el debate sobre cómo se le permitió vivir en libertad sigue vivo. El caníbal japonés se fue de este mundo sin haber pasado un solo día en una celda de prisión por su asesinato, recordándonos que la realidad puede ser mucho más retorcida y cruel que cualquier pesadilla.

Al final, el hombre que quiso ser inmortal a través de un acto inhumano, terminó siendo solo un susurro inquietante en los anales del horror verdadero, una historia que preferiríamos creer que es falsa, pero que es aterradoramente real.

Fuentes:

Cama de hospital vacía en una habitación oscura y tétrica

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