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Un estallido ensordecedor en el vacío absoluto del espacio es, técnicamente, tan probable como encontrar un pingüino surfeando en el Sahara. El cine de ciencia ficción nos ha acostumbrado a que las naves espaciales rujan como motores de combustión y las explosiones retumben con la fuerza de un volcán, pero la física es tajante: sin aire no hay vibración, y sin vibración el silencio es total. Es una de esas licencias creativas que aceptamos porque una batalla estelar en absoluto silencio se sentiría como un partido de fútbol en modo ‘mute’.
Esta desconexión entre la pantalla y la ciencia no es falta de rigor, sino una herramienta narrativa. Imagina que una estación espacial explota y lo único que escuchas es tu propia respiración; el impacto emocional se desvanecería rápido. Los directores prefieren ignorar las leyes físicas para mantenernos pegados al asiento, creando un universo donde el sonido viaja por el vacío si eso ayuda a la épica. Es el primer gran truco de magia que compramos sin pestañear al entrar al cine.

La física en el cine de ciencia ficción y la gravedad
Caminar por los pasillos de una nave espacial como si estuviéramos en un hotel de cinco estrellas es otra de las grandes fantasías que nos vende Hollywood. En la realidad, a menos que la nave esté rotando como un neumático gigante para generar fuerza centrípeta, los astronautas deberían estar flotando y chocando contra las paredes. El cine de ciencia ficción suele solucionar esto con la ‘gravedad artificial’, una tecnología que en la pantalla funciona con solo encender un interruptor, pero que en la física actual no tiene un mecanismo conocido.
Películas como 2001: Odisea del Espacio lo hicieron bien al mostrar naves circulares en constante giro, pero la mayoría de las producciones prefieren ignorar este detalle para ahorrar presupuesto en efectos especiales. Es mucho más barato filmar a un actor caminando normalmente que tenerlo colgado de cables durante seis meses de rodaje. Al final, aceptamos la gravedad mágica porque nos permite centrarnos en la trama en lugar de preocuparnos por cómo irían al baño los protagonistas sin que todo saliera volando por la cabina.

Viajes estelares y el capricho del tiempo
Cruzar la galaxia en un fin de semana parece sencillo cuando tienes un motor de curvatura, pero la relatividad de Einstein tiene otros planes bastante más complicados. Si una nave lograra viajar cerca de la velocidad de la luz, el tiempo para los tripulantes pasaría mucho más lento que para quienes se quedaron en la Tierra. El cine de ciencia ficción a veces toca este tema, como en Interstellar, donde una hora en un planeta cercano a un agujero negro equivale a siete años en casa, creando un drama familiar que ninguna multa por exceso de velocidad podría igualar.
Sin embargo, la mayoría de las veces los guionistas prefieren inventar dimensiones paralelas o ‘hiperespacio’ para saltarse este inconveniente. Si tuviéramos que respetar la física real, cada vez que un capitán regresara de una misión de exploración, todos sus amigos estarían jubilados o serían cenizas. La dilatación temporal es un ingrediente fascinante, pero manejarla requiere una precisión narrativa que no siempre encaja con el ritmo de una película de acción donde lo importante es llegar a tiempo para salvar el mundo.

Rayos de luz que olvidaron su velocidad
Si alguna vez has visto un duelo de espadas láser o disparos de bláster, habrás notado que los proyectiles viajan a una velocidad que el ojo humano puede seguir perfectamente. En el mundo real, un láser es luz pura, lo que significa que viaja a 300.000 kilómetros por segundo. En el cine de ciencia ficción, estas armas parecen lanzar bolas de plasma brillantes que se mueven más lento que una pelota de tenis. Si dispararas un láser de verdad, el objetivo recibiría el impacto en el mismo instante en que aprietas el gatillo, sin rastro visible del trayecto.
Además, un rayo láser es invisible a menos que haya polvo o humo en el ambiente que disperse la luz. Ver esos trazos de colores cruzando el aire es estéticamente precioso, pero físicamente imposible bajo condiciones normales. Los cineastas sacrifican la coherencia óptica para que podamos entender quién dispara a quién y hacia dónde se dirige la acción. Sin esos rayos brillantes y lentos, las escenas de combate espacial serían básicamente personas apuntando con linternas invisibles y enemigos cayendo sin explicación aparente, lo cual restaría bastante emoción al asunto.

Humanoides en cada rincón de la galaxia
Resulta curioso que, en un universo infinito con billones de planetas, casi todos los alienígenas que aparecen en el cine de ciencia ficción tengan dos brazos, dos piernas y una cara reconocible. La biología evolutiva sugiere que la vida en otros mundos, con diferentes gravedades, atmósferas y niveles de radiación, debería verse radicalmente distinta a nosotros. Sin embargo, Hollywood insiste en ponernos una prótesis en la frente o pintarnos de azul para decir que venimos de otra galaxia. Es una limitación que mezcla el presupuesto con nuestra necesidad psicológica de empatizar.
Es difícil conectar emocionalmente con un protagonista que parece una nube de gas inteligente o un fractal de tentáculos sin ojos. Al darnos alienígenas con rasgos humanos, los directores aseguran que podamos leer sus expresiones y entender sus intenciones. Aunque la probabilidad biológica de que un extraterrestre se parezca a un actor con maquillaje sea casi nula, lo aceptamos como parte del juego. Al fin y al cabo, el cine trata sobre la experiencia humana, incluso cuando la proyectamos en criaturas que viven a millones de años luz de distancia.

El equilibrio entre el dato y la emoción
A pesar de todas las patadas que el séptimo arte le da a los libros de texto, el cine de ciencia ficción cumple una función que la física pura a veces olvida: hacernos soñar con lo imposible. No importa si los motores no pueden hacer ruido o si las naves ignoran la inercia; lo que realmente buscamos es esa sensación de asombro al mirar hacia las estrellas. Los directores actúan como traductores que convierten fórmulas áridas en imágenes que nos erizan la piel, aunque para ello tengan que doblar un par de leyes universales por el camino.
La próxima vez que veas una explosión ruidosa en el espacio o un héroe caminando con normalidad en gravedad cero, no te sientas mal por disfrutarlo. La ciencia nos dice cómo funciona el mundo, pero el cine nos cuenta cómo nos gustaría que fuera. Esa mezcla de fantasía y realidad es lo que mantiene viva nuestra curiosidad por el cosmos, recordándonos que, aunque no podamos viajar más rápido que la luz, nuestra imaginación ya ha llegado mucho más lejos que cualquier sonda espacial que hayamos construido jamás.
Fuentes:
- Sonido – Wikipedia, la enciclopedia libre
- Gravedad artificial – Wikipedia, la enciclopedia libre
- Dilatación del tiempo – Wikipedia, la enciclopedia libre
- ¿Hay sonido en el espacio? – National Geographic España
- La ciencia de ‘Interstellar’ y la dilatación temporal – BBVA OpenMind



