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En 1822, una flota de 25 buques chilenos zarpó con una misión que hoy suena a guion de Hollywood: asegurar la independencia de México y barrer los últimos restos del imperio español en el Pacífico. Chile, que ya había logrado su propia libertad, no quería ser el único país libre de la cuadra y decidió enviar a más de 6,000 hombres en una expedición naval sin precedentes bajo el mando del audaz capitán Thomas Alexander Cochrane.
Sin embargo, como cuando pides un paquete internacional y se queda atascado en la aduana, la ayuda chilena sufrió una serie de retrasos logísticos monumentales. La intención era noble y el despliegue militar era, para la época, una fuerza imparable que habría cambiado el curso de las batallas finales. Pero la realidad es que, para cuando las velas chilenas se divisaron en el horizonte mexicano, éstos ya habían tomado su propio camino sin esperar a los refuerzos del sur.

El plan maestro de O’Higgins para la independencia de México
Chile, que ya había logrado su emancipación en 1818, envió la expedición bajo el mando del capitán británico Thomas Alexander Cochrane. Su objetivo era claro: apoyar la independencia de México eliminando los focos realistas que aún resistían en las costas del Pacífico y establecer una alianza estratégica entre las nuevas naciones.
Esta decisión no fue un simple gesto de cortesía diplomática, sino una operación militar de gran escala que costó una fortuna al erario chileno. O’Higgins y Lord Cochrane confiaban en que su llegada sería el golpe de gracia para el virreinato. Lamentablemente, las misiones previas en las costas de Perú y la complejidad de coordinar una flota tan grande en una época sin WhatsApp hicieron que los meses pasaran volando mientras los mexicanos seguían su propia lucha interna.

¿Por qué la ayuda llegó un año tarde?
Seguramente te estarás preguntando cómo es posible que una flota de 25 barcos se pierda el evento principal. La respuesta corta es: logística y prioridades. Antes de poder enfocarse plenamente en la independencia de México, la escuadra chilena tuvo que limpiar de realistas las costas peruanas. Lord Cochrane, un genio táctico pero con un carácter difícil, se vio envuelto en disputas y misiones de desgaste que consumieron tiempo valioso y recursos que eran críticos para el viaje largo.
Cuando finalmente pusieron proa hacia Acapulco, el calendario ya marcaba 1822. Para ese entonces, Agustín de Iturbide ya había entrado triunfante a la Ciudad de México y la emancipación mexicana era un hecho consumado desde septiembre de 1821. La expedición chilena, que debía ser la salvadora en el campo de batalla, terminó convirtiéndose en una visita de cortesía muy armada y muy tardía que dejó a los locales rascándose la cabeza al ver tantos barcos extranjeros.

Confundidos con piratas en las costas de Acapulco
Imagina la escena: eres un guardia en el puerto de Acapulco en 1822 y de repente ves aparecer una flota masiva de barcos de guerra que no reconoces. Como la comunicación entre países era más lenta que una tortuga con sueño, los mexicanos no tenían idea de que estos eran sus aliados. El resultado fue un malentendido de proporciones épicas donde los marinos chilenos fueron inicialmente confundidos con piratas o invasores, y varios de ellos terminaron arrestados antes de poder explicar que venían a ayudar.
Afortunadamente, los malentendidos se aclararon rápido una vez que los oficiales chilenos presentaron sus credenciales diplomáticas. Aunque no hubo batallas que ganar para la independencia de México, la presencia de la flota chilena sirvió para demostrar que las nuevas repúblicas americanas estaban dispuestas a protegerse mutuamente. Fue un momento de tensión que rápidamente se transformó en una celebración de hermandad, aunque con el sabor agridulce de saber que el trabajo duro ya estaba hecho.

Un legado chileno en la Armada de México
Aunque llegaron tarde a la fiesta de la independencia, los chilenos no se fueron con las manos vacías ni dejaron a México sin nada. Uno de los personajes más fascinantes de esta historia es Eugenio Antonio Nicolás Cortés y Azúa, un oficial chileno que decidió quedarse y poner su experiencia al servicio de la nueva nación. Gracias a su conocimiento, se convirtió en una pieza fundamental para la creación de la Marina de Guerra de México, siendo nombrado Capitán de Navío por el propio Agustín de Iturbide.
Este aporte técnico fue vital, ya que México, a pesar de su inmensa costa, carecía de una estructura naval sólida para defenderse de futuros intentos de reconquista. La influencia de los oficiales chilenos ayudó a profesionalizar a los marinos mexicanos y a establecer las bases de lo que hoy conocemos como la Armada de México. Así, el retraso militar se compensó con una herencia institucional que perduró mucho más que cualquier batalla naval del momento.

La música que nació de un encuentro inesperado
Pero no todo fue política y barcos de guerra; la cultura también se llevó su parte del botín. La convivencia entre los marinos chilenos y los habitantes de las costas de Guerrero y Oaxaca dio origen a algo que hoy es un símbolo regional mexicano: el género musical conocido como ‘La Chilena’. Los ritmos de la cueca que traían los marineros del sur se mezclaron con los sonidos locales, creando una fusión cultural fascinante que todavía se baila y se canta con orgullo en las fiestas populares de la Costa Chica.
Es curioso pensar que una expedición militar que técnicamente ‘falló’ en su objetivo principal de combate terminó dejando una marca tan profunda en la identidad de un pueblo. Al final, la independencia de México se vio enriquecida por este encuentro tardío, demostrando que a veces los retrasos de la historia no son errores, sino oportunidades para que la música y la amistad institucional florezcan de formas que nadie pudo haber planeado originalmente desde un escritorio en Santiago.
Fuentes:
- Relaciones Chile-México – Wikipedia
- Campaña de Thomas Cochrane – Wikipedia
- Expedición Libertadora del Perú – Wikipedia
- 🇲🇽🇨🇱The Chilean Military Expedition to Mexico in 1822
- López – La Escuadra Chilena en México – 1822 PDF



