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Lo que los libros de texto nunca te contaron sobre la historia de la música es que no nació para que bailáramos en festivales con luces de neón, sino como una herramienta de supervivencia pura y dura. Antes de que existieran los idiomas estructurados, nuestros ancestros ya se comunicaban mediante variaciones de tono y ritmo, imitando a la naturaleza para coordinar cacerías o alertar sobre peligros. Básicamente, el primer ‘hit’ de la humanidad fue un grito rítmico para que no nos cenara un tigre de dientes de sable.
La música es, en esencia, el pegamento social más antiguo que conocemos. Los científicos sugieren que cantar en grupo liberaba oxitocina, lo que ayudaba a que las tribus no se despedazaran entre sí durante los inviernos largos. Así que, la próxima vez que escuches tu playlist favorita, recuerda que esa necesidad de ritmo está grabada en tu ADN como un mecanismo de cohesión social que nos permitió llegar hasta aquí. No es solo arte, es el software básico de la evolución humana que nos diferencia de cualquier otra especie en el planeta.

Los primeros ‘hits’ de la Edad de Piedra
Si creías que el vinilo era ‘vintage’, espera a conocer la flauta de Divje Babe, un trozo de fémur de oso con agujeros que tiene unos 43,000 años. Los neandertales ya le daban al soplido mucho antes de que se inventara la rueda. En aquel entonces, la música no era algo que se ‘consumía’, sino algo que se ‘hacía’. Todo el mundo participaba; no había una distinción clara entre el artista y el público, lo cual suena bastante democrático si me lo preguntas.
A medida que las civilizaciones crecían, también lo hacía la complejidad de sus trastos sonoros. En Mesopotamia y Egipto, la música pasó de ser un asunto de supervivencia a ser un símbolo de estatus y espiritualidad. Los faraones tenían sus propias orquestas privadas de arpas y flautas de caña para amenizar sus banquetes y, por supuesto, para impresionar a los dioses. Lo curioso es que, aunque no tenían Spotify, se tomaban la teoría musical muy en serio, sentando las bases de lo que hoy consideramos armonía.

Pitágoras y el orden del universo
Cuando llegamos a la Antigua Grecia, la cosa se puso intelectual. Pitágoras, además de atormentarnos con sus triángulos, descubrió que la música eran matemáticas puras que se podían escuchar. El tipo se dio cuenta de que las cuerdas con longitudes proporcionales sonaban bien juntas, creando los intervalos que usamos hoy. Para los griegos, si la música estaba desafinada, el universo entero perdía el equilibrio. Menuda presión para los músicos de la época, ¿verdad?
Ellos inventaron el concepto de ‘Ethos’, creyendo que ciertos tipos de música podían cambiar tu carácter. Si escuchabas algo muy relajado, te volvías un flojo; si era algo marcial, te daban ganas de invadir al vecino. Esta conexión entre sonido y psicología fue el primer estudio de musicoterapia de la historia. Aunque no tenían sintetizadores, sus teorías sobre la armonía de las esferas influyeron en la educación europea durante los siguientes dos mil años sin despeinarse.

De los monjes aburridos a la polifonía rebelde
Durante la Edad Media, la Iglesia católica decidió que la música debía ser seria, monódica y, preferiblemente, en latín. El canto gregoriano era la norma, pero como el ser humano es inquieto por naturaleza, los monjes empezaron a aburrirse de cantar todos la misma nota. Así nació la polifonía, que es básicamente meter varias melodías a la vez sin que suene a pelea de gatos. Fue el mayor salto tecnológico de la historia de la música medieval.
Pero el verdadero héroe fue Guido d’Arezzo, un monje que se cansó de que sus alumnos tardaran años en aprenderse las canciones de memoria. Inventó el pentagrama y le puso nombre a las notas (Do, Re, Mi…) basándose en un himno a San Juan. Gracias a él, la música se pudo ‘guardar’ en papel, permitiendo que un compositor en Italia fuera escuchado en Alemania sin necesidad de viajar. Fue el nacimiento de la partitura moderna, el primer sistema de almacenamiento de datos de audio de la historia.

Los rockstars del siglo XVIII
Entrar en el Barroco y el Clasicismo fue como pasar de una televisión en blanco y negro a una pantalla 4K. Compositores como Bach, Mozart y Beethoven eran los equivalentes a los ídolos de estadios de hoy, pero con pelucas empolvadas y mucha más cafeína. En el período barroco, la música se volvió extremadamente ornamental y compleja, como un postre con demasiadas capas. Bach era un arquitecto del sonido, capaz de crear estructuras matemáticas que hoy siguen volando la cabeza a los expertos.
Luego llegó Beethoven y mandó la elegancia a paseo para meterle emoción pura. Se dice que él fue quien inició el Romanticismo, convirtiendo al compositor en un genio atormentado que expresaba sus sentimientos más profundos en lugar de solo entretener a la aristocracia. La orquesta creció en tamaño y volumen, y el piano se convirtió en el rey absoluto. Fue una era de revolución creativa donde la música dejó de ser un adorno para convertirse en un lenguaje existencial que exploraba los límites del alma humana.

Del vinilo al algoritmo infinito
El siglo XX lo cambió todo con la electricidad. De repente, ya no necesitabas estar en la misma habitación que el músico para escucharlo. La invención del fonógrafo y luego la radio democratizaron el sonido como nunca antes. Pasamos del Jazz al Rock, y del sintetizador al Hip Hop en un parpadeo geológico. La revolución digital de finales de siglo comprimió orquestas enteras en archivos MP3, haciendo que la música fuera ubicua, constante y, a veces, tristemente desechable.
Hoy vivimos en la era del algoritmo, donde una inteligencia artificial puede predecir qué canción te va a gustar antes de que tú lo sepas. Hemos pasado de tallar huesos de oso a procesar bits en la nube, pero la esencia sigue siendo la misma: buscamos una conexión. Aunque el formato cambie, esa experiencia sonora sigue siendo la forma más directa de hackear nuestro cerebro y hacernos sentir algo real. La música no ha dejado de evolucionar, y lo más probable es que, dentro de mil años, sigamos usando el ritmo para recordar que estamos vivos.
Fuentes:
- Comunicación, arte y música en la Prehistoria
- La música en la prehistoria
- Excepcional hallazgo de siete instrumentos prehistóricos para emitir sonidos
- La comunicación en la Historia – Sindicato APM Córdoba
- Tipología evolutiva del lenguaje homínido. Voz del silencio



